Foto mágica para un día azul


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Voy navegando a miles de metros de altura sobre la cordillera de los Andes, viendo en las sombras del presente las huellas del pasado, flotando entre las nubes que con sus formas caprichosas escriben mensajes etéreos en el cielo.

Entre los cientos de pedazos de cordillera, con su espinazo de gigante a veces caído, a veces palpitante, de las nubes emerge un pico. Hay algo en su forma que me distrae o en su forma atrevida de irrumpir en el cielo que me atrae. Poco a poco, el avión se va acercando, emocionado tomo fotos de esa montaña que me llama. De repente, una gota de azul cubre el verde y por entre las nubes descubro un lago maraviloso en un cráter volcánico con dos islotes que desafían con su presencia la quietud del agua.

Alcanzo a tomar una última foto. Entonces caigo en cuenta que es la montaña sagrada con la que me despierto cada día y con la que saludo las estrellas cada noche. Un nombre reverbera en mi mente: “Mama Cuicocha”, laguna sagrada de los kichwas. 

Había viajado cientos de kilómetros tierra abajo y cielo arriba, sin siquiera sospechar aquel momento mágico que me esperaba. Pero así es la magia de la existencia, nunca nos da anuncio previo de su presencia y solo sucede cuando estamos conectados con la madre tierra.


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